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domingo, 11 de septiembre de 2016

Todo sobre el autor de "Tristan e Isolda": Joseph Bédier


La historia del amor "involuntario, irresistible y eterno" de Tristán e Isolda, que se prolonga durante toda la vida e incluso después de la muerte, atrajo con fuerza, ya desde sus inicios, a quienes la escucharon. El destino trágico de aquellos dos amantes encadenados de por vida cautivó tan hondo, que de nada valieron las reconvenciones ni los reproches de los predicadores. La historia sobrevivió con fuerza, y su presencia se hace visible aún en nuestros días. De la multiplicidad de versiones originales francesas que se ocuparon de la historia, ninguna sin embargo ha llegado completa hasta nuestros días. El extraordinario romanista que fue Joseph Bédier reconstruyó con sabiduría y precisión, a partir de los fragmentos conservados, la historia de los dos desdichados amantes. Hoy nos llega con el aliento de su primer día, y nos deja un hondo y duradero recuerdo.

El nombre de Joseph Bédier pasará a la posteridad, muy probablemente, junto a la hermosa historia del Roman de Tristán e Isolda, pero también como uno de los romanistas más influyentes del siglo pasado, que dedicó su vida al estudio de las obras más relevantes de la literatura francesa medieval, convirtiéndose en un maestro en el arte de la edición de textos antiguos bajo cuya estela se formaron otros célebres filólogos. Hombre profundamente crítico y desapasionado, entre sus obras destaca la edición de la Chanson de Roland, así como los diversos estudios dedicados a la épica medieval y a las cuestiones relacionadas a los orígenes de las obras cumbre de la literatura francesa antigua. Su vida, como su carácter, y a pesar de haber sufrido de lleno la experiencia de una guerra mundial, se caracteriza, sin duda, por un conformismo y un patriotismo sin fisuras, por un respeto por la tradición y los ancestros que su mismo padre se encargó de inculcarle. Si su maestro, Gaston Paris, fue el padre de la disciplina filológica en Francia y vivió los años más heroicos de la misma, la trayectoria vital y profesional de Bédier encarna su definitiva institucionalización. 


Bédier nació en París, pero pasó toda su infancia y adolescencia en la tierra paterna, la isla de Bourbon, hasta que, en 1883, con diecinueve años, ingresó en la École Normale en la que permaneció hasta su graduación. Parece ser que durante esta primera etapa de su formación, Bédier, cuyo talante le hizo ganarse un gran número de amigos que conservaría durante toda su vida, supo aprovechar sus años de juventud en la tumultuosa París. Como expresó púdicamente en una ocasión su esposa Eugénie, "vivió la vida de estudiante".

Una vez superados sus estudios en la École Normale, su curiosidad juvenil y la veneración que sentía por la figura de Brunetière le llevaron a pensar que su carrera no se encontraba en la enseñanza secundaria sino en el mundo académico. Deseoso de aprender más cosas de las que la École Normale le había enseñado, se dedicó a asistir a las conferencias ofrecidas por la École des Hautes Etudes y el Collège de France donde conoció al que fue su maestro, Gaston Paris, quien siempre ejerció sobre él una gran influencia y al que siempre veneró. Ya por entonces, su máxima ambición era...
orientarse a través del caos de nuestros textos antiguos, agruparlos según sus afinidades, clasificarlos, remontarse, para cada ley
enda, hasta la forma más antigua conocida... [Les legendes épiques, en EV, 16]

En su afable maestro encontró casi a un segundo padre que nunca tuvo con él ninguna palabra de reproche, ni siquiera cuando el discípulo se dedicó a cuestionar metódicamente algunas de sus teorías, especialmente, como veremos, la de las cantilenas, en su afán por llegar hasta los orígenes de las obras que estudiaba.
Una vez terminados sus estudios, la vida resultaba incierta para un romanista como él. Sin embargo, la recién inaugurada universidad católica de Friburgo se lanzó al reclutamiento de profesores jóvenes. Entre los pocos franceses contratados estaba Bédier. Durante los dos años que estuvo en ella, nuestro biografiado trabajó con la escrupulosidad que le caracterizó durante toda su vida, pero el pesado ambiente católico de la universidad resultaba difícil para su agnosticismo manifiesto en materia de religión que le hicieron presentar, en una ocasión, su dimisión, que fue denegada.
Terminada su etapa suiza, en la que se inicia su carrera investigadora, Bédier regresa a Francia en 1891 para ocupar una plaza en la Facultad de Letras de Caen. El cargo le permite, por fin, y para alivio de su futuro suegro, preocupado por los avatares económicos del joven romanista, contraer matrimonio con Eugénie Bizarelli pocos meses después de su nombramiento. Recién casados, los nuevos esposos se dirigen directamente a Caen donde Bédier debe empezar a dar clases. De los años transcurridos en esa ciudad se sabe muy poco, pero lo más probable es que se dedicara concienzudamente a sus clases y a la redacción de sus tesis doctorales que leyó en la Sorbona dos años más tarde, el 27 de mayo de 1893. Les Fabliaux, su gran tesis, fue la primera obra que le permitió hacerse un nombre en el terreno de la romanística. En esta obra destaca ya la que va a ser una de sus preocupaciones más constantes: el problema de los orígenes. Movido por este afán, Bédier somete a todo el corpus de cuentos estudiados a un atento examen, los clasifica, los compara. Finalmente, llega a una conclusión sorprendente frente a las teorías comúnmente aceptadas: que la tradición es menos rica y variada de lo que se había creído hasta entonces y que los textos más antiguos poseen un fondo común de elementos, dispuestos en un orden constante, que podrían remontarse a un mismo origen.
El año en que publica y lee sus tesis doctorales, Bédier empieza a trabajar en la École Normale como profesor suplente de literatura francesa. Ésta era una facultad de letras pequeña pero con una intensa actividad. Bédier se entrega a su tarea con una devoción recordada con ternura por sus alumnos, casi tan jóvenes como él, a los que supo ganarse a pesar de su timidez y su escrupulosidad. Uno de sus alumnos, A. Henry, recuerda así sus clases:

Lo que más me sorprendía era una aparente timidez y una especie de turbación algo ingenua. Todo el curso estaba escrito y Bédier (ya que no me atrevo a llamarle "el orador") tenía su copia, [leía] sin alejarse jamás de ella, o, en cualquier caso, muy raramente, y sin levantarse jamás de su silla. Sin embargo, uno podía percibir una firmeza sosegada, a pesar de dar la impresión, en ocasiones, de vacilar. [AC, 490]

Bédier se concentró para responder a la exigencia de sus alumnos consiguiendo ejercer una amplia influencia sobre ellos. Éstos significaban mucho para él, y se dedicó a ellos con verdadera vocación. En palabras de su hija,

En aquella época, mi madre le oyó pronunciar en algunas ocasiones estas palabras: "¿Mis alumnos? ¿Qué es lo que no les debo? ¡Son ellos los que me han hecho lo que soy!". Si mi padre veneró y admiró a algunos de sus maestros, amó a sus alumnos y les demostró un reconocimiento distinto, pero probablemente de igual importancia. [AC, 132]
Esta observancia estricta de su propio trabajo, ya fuera en sus escritos o en sus clases, es una de las constantes de su obra y de su vida que coincide, como recuerda Henry, con una dificultad expresiva. Bédier, a diferencia de su maestro Gaston Paris, que sabía engarzar una anécdota tras otra con naturalidad y brillantez, era escritor antes que orador y erudito. Siendo como era un prosista refinado, no sabía explicarse con soltura y, fiel a la escrupulosidad de su carácter, se perdía en el detalle, preocupado siempre por no dejar nada en el tintero. Sin embargo, la escritura no dejaba de ser también, por las mismas razones, una tortura. Bédier escribía igual que hablaba, con lentitud y de manera vacilante, buscando siempre la palabra más precisa, corrigiendo hasta la saciedad, nueve y diez veces si era necesario, en un intento de encontrar la forma precisa para lo que quería expresar. No sorprende en absoluto que sintiera cierta aversión a mantener correspondencia: escribir cartas era un esfuerzo suplementario para una persona que, como él, poseía tan poca disposición para la improvisación.
Esta escrupulosidad, unida a una búsqueda insaciable de la verdad, probablemente heredada del mismo Gaston Paris, le llevaban a no aceptar nada que no hubiera comprobado personalmente, ni siquiera las tesis de los maestros a los que tanto veneraba. Esto no significa que fuera una persona arrogante, sino todo lo contrario. Bédier se formó en la tradición literaria y reconocía sus carencias en los demás campos, incluido el de la historia medieval. Este hombre profundamente respetuoso y cortés con sus maestros era, sin embargo, meticuloso hasta el punto de no creer en nada que no hubiera analizado previamente.

A pesar de su concentración en la labor docente, Bédier supo encontrar tiempo para publicar diversos trabajos en Romania y en la Révue de Deux Mondes, alentado por Gaston Paris y Brunetière. Sin embargo, la fama y el reconocimiento definitivos le llegan con la publicación del Roman de Tristan et Iseut (1900), una historia que, hasta aquel momento, era desconocida para el gran público francés. Las divergencias que existían entre las dos versiones conservadas, la de Gottfried de Estrasburgo y la de Béroul, le llevaron a escribir, para su propio placer e intereses, "un poema francés del siglo XII compuesto a fines del XIX" [FL, 10], según las propias palabras de Gaston Paris en el prólogo. En las investigaciones previas a su reescritura del roman sobre los dos amantes medievales se reproduce la preocupación de Bédier por dar con los orígenes de una leyenda así como la búsqueda insaciable destinada a descubrir la forma en que ésta fue fijada para la posteridad. Al mismo tiempo, Bédier se propone rescatar la leyenda del wagnerismo de que ha sido objeto, en un intento por devolverle su esencialidad francesa. Se trata, en el fondo, de una misión patriótica, que enlaza perfectamente con el carácter de la obra del filólogo. Así, desde un punto de vista científico, Bédier se esfuerza por desentrañar y demostrar que las leyendas artúricas son originarias de Francia, lo que le lleva a privilegiar el texto de Béroul, algo que está en la línea de sus trabajos en la edición de textos. En esta obra se funden, necesariamente, el filólogo y el poeta. Gracias al primero, el segundo puede trabajar con un texto reconstruido a partir de las variantes y las concordancias de las versiones más antiguas conservadas de la leyenda, con un texto lo más parecido posible al que estableció la leyenda originaria. Alentado por el éxito y por un primo suyo, Louis Artus, Bédier escribió, treinta años más tarde, una adaptación teatral del texto que no satisfizo, sin embargo, las expectativas del autor. A pesar de todo, el Roman de Bédier sin ninguna duda ejerció una gran influencia en la imagen que la modernidad se ha hecho de la Edad Media.
El Tristán supone también, a nivel estrictamente personal, el punto culminante de esta etapa de la vida de nuestro biografiado, en la que, además, vio nacer a sus tres hijos: Louis, Jean y Marthe, su preferida, apodada "Bebé".
En 1903, el rápido desarrollo de la Sorbona hizo incompatible la existencia simultánea de dos facultades de letras, y la École Normale, más pequeña y cada vez más absorbida por la anterior, acabó por cerrar sus puertas. Ese momento coincide con la muerte de Gaston Paris que dejó vacantes sus plazas en la École des Hautes Études y el Collège de France. La sucesión se presentaba difícil y después de barajarse diversos nombres, Bédier fue elegido para el Collège y Mario Roques ocupó la vacante de la École. Se cerraba una etapa y se abría una nueva, probablemente la de máximo apogeo de su carrera, en la que Bédier se especializa definitivamente.
Durante los treinta años que pasó en el Collège, Bédier fue un hombre feliz. En 1903 y en 1913, gracias a la influencia que ejerció sobre antiguos alumnos americanos, fue invitado por diversas universidades y centros estadounidenses para dar en ellos una serie de conferencias que supusieron un gran éxito a nivel profesional y personal. Para él, ésta era una espléndida oportunidad para poner de manifiesto el estado floreciente de la medievalística en Francia, después de un largo periodo de influencia alemana. Su profundo sentimiento patriótico se enorgullecía con esta misión
Nuestra influencia aquí está dominada de una manera desproporcionada por la influencia alemana; y resultará fácil, con un poco de buena voluntad y de espíritu, cambiarlo, hacer que Francia tenga también su cometido en el mundo americano. (...) En Francia ignoramos totalmente los medios verdaderos para servir a nuestro país. (...) Siento que mi país descuida, por falta de información, los campos de influencia que debería explotar provechosamente. Y creo que podría, a mi regreso, trabajar para hacérselo entender. [AC, 308]
Porque Bédier era, por encima de todo, un patriota a ultranza y un republicano en política. Durante aquellos años tuvo lugar el escándalo del caso Dreyfus y nuestro autor se situó en el bando de los dreyfusardos, aunque de una manera discreta. Durante mucho tiempo asistió periódicamente a las tertulias sobre política que se celebraban todos los jueves en el salón de la marquesa Arconati-Visconti. La marquesa, de origen francés y viuda de un rico marqués italiano, heredó una gran fortuna que utilizó para financiar a la Sorbona y al Collège de France, generosidad que hizo extensiva también a Bédier. Relacionada, pues, con el ambiente artístico, intelectual y político de la época, su célebre salón gozaba de la presencia de importantes personajes de la época. El mismo Dreyfus era habitual de estas reuniones. Las opiniones del romanista acerca del caso son claramente patrióticas:

La gran lección de moralidad de la que habláis, Francia ya la ha recibido durante la saludable crisis de estos últimos años. Me atrevería a decir que ha dado esa lección todavía más de lo que la ha recibido, puesto que, ¿qué otro pueblo además del nuestro habría encontrado a tantos hombres dispuestos a sacrificar sus vidas o su pan para liberar a un inocente? [carta a la marquesa Arconati-Visconti, enero de 1904, AC, 329]

En cierto modo, Bédier manifiesta su republicanismo del mismo modo que su agnosticismo: siempre dentro de los parámetros de la tradición. Comenta con cierta ironía F. Lot que, para él, un matrimonio civil era como un pecado contra la sociedad y que, si bien escribió sobre los amores de Tristán e Iseo, habría negado tener trato alguno con una pareja que vivía en un estado tan "irregular". De la misma manera, sus tendencias políticas estaban también matizadas por su carácter conformista: a diferencia de muchos de sus contemporáneos nunca se sintió atraído por la práctica política; a pesar de tener tratos con socialistas, nunca lo fue y sentía antipatía por el marxismo. En general, no se sentía demasiado cercano a un partido político determinado. Eugène Vinaver, un alumno suyo, le definía así:

En la época en que le conocí, al igual que en sus inicios, ciertos espíritus superficiales le creían falto de originalidad. Él aceptaba el mundo tal como era, y Francia tal como era, sin interrogarse jamás acerca de los grandes problemas que agitaron a los hombres de su generación. Jamás se interrogó sobre la sabiduría y la bondad del universo civilizado. Parecía decir: "Todo lo que se hace en Francia está bien porque es francés; no está bien llevar la contraria.". [AC, 499]

Este conformismo de carácter nacional es extensivo a su desinterés por otras literaturas fuera de la francesa. Para él, respetuoso con las glorias establecidas, la literatura francesa se bastaba a sí misma. En lo que se refiere a su apariencia externa, Ferdinand Lot le define como un "gentleman" de los pies a la cabeza. Y así era. Las maneras externas le preocupaban sobremanera hasta el punto de tomar en consideración a un alumno por la exquisitez de su educación antes que por sus conocimientos de gramática. Era de trato afable y cortés, correcto en todo momento. Su aspecto exterior se correspondía perfectamente a sus maneras, y siempre vestía como si estuviera a punto de salir a la calle.
Como resultado de sus clases dedicadas a los cantares de gesta nace otra de sus grandes obras: Les legendes épiques (1908-1913). Lo que inicialmente no era más que un examen de los textos con la finalidad de explicar la formación de algunos ciclos épicos, terminó por convertirse en un cuestionamiento de una teoría tan reconocida como la de las cantilenas de Gaston Paris. Él mismo la había aceptado durante muchos años, hasta que los cursos que dio sobre cantares de gesta en el Collège le hicieron profundizar sobre el tema ante las dudas que iban apareciendo a propósito de los orígenes de estas composiciones y movido por una búsqueda obsesiva de la verdad. Su intención no era la de contradecir, ni mucho menos, a su maestro.
Yo no lucho contra esa teoría. (...) Únicamente intento verificar cuáles son los personajes verdaderamente históricos de los cantares de gesta, los testimonios de los acontecimientos verdaderamente históricos. Me parece evidente que, valiéndose de la teoría general de las cantilenas, se han admitido demasiadas identificaciones arbitrarias. [carta a Ferdinand Lot, 2-3-1906, en FL, 46]

La teoría propuesta por Bédier en Les legendes épiques supone uno de los descubrimientos más audaces en el mundo de las letras. Según ésta, los cantares de gesta que relatan las luchas de la época carolingia no son contemporáneos de los hechos que relatan sino que fueron escritos en el siglo XI. Esta teoría da al traste con la teoría popularista de Gaston Paris que defendía que los cantares de gesta son fruto de la compilación de las canciones lírico-épicas compuestas inmediatamente después de una batalla. Según Bédier, los cantares de gesta nada deben a un pasado como éste sino que son obras compuestas por poetas conscientes de su arte. Así nace la teoría individualista y, con ella, la polémica a la que hay que añadir la causada por la publicación de su edición de Le Lai de l'Ombre (1913), que revolucionó el terreno de la edición crítica de textos, dando lugar a lo que hoy conocemos como "bedierismo" cuya divisa máxima es la identificación, entre los diversos manuscritos conservados de una obra, del mejor testimonio que pasa a ser, en cierta forma, el "codex optimus". Las tesis bedieristas para la edición crítica de textos se enfrentan claramente a la teoría lachmanniana que triunfaba en ese mismo momento. La controversia que se suscitó fue enorme pero Bédier no se dejó llevar por la polémica y no respondió inmediatamente a las críticas, aunque no por falta de interés. Polemizar se le hacía fatigoso, entrañaba una gran pérdida de tiempo, y él era prácticamente incapaz de dividir sus esfuerzos en diversos frentes. Afirma Lot que, además, Bédier no sentía un interés especial por su obra, una vez la había publicado.

Cuando en 1914 estalla la guerra, la situación cambia por completo. Su auditorio en el Collège de France se dispersa y las clases se suspenden. Bédier desea enrolarse pero su petición es denegada a causa de su edad y pasa al servicio de enfermería, por poco tiempo. Su visión de la guerra es la de un patriota convencido y optimista de la victoria, que observa, con ojos infantiles, el espectáculo.

Veo continuamente el sublime espectáculo de los trenes militares que se dirigen a la frontera. El canto de la Marsellesa los llena, así como la alegría y la confianza. Una armada tan hermosa, tan llena de fe patriótica, vencerá. [carta a la marquesa Arconati-Visconti, 22-8-1914, en AC,425]

Insatisfecho de su puesto como enfermero, decide buscar otra manera para servir a su país y pone a disposición del Estado Mayor sus conocimientos de alemán para servir al Ministerio de la Guerra. Allí le entregan los diarios de los soldados alemanes muertos que son la base de dos libritos claramente patrióticos: Les crimes allemands, d'après les témoignages allemands y Comment l'Allemagne essaye de justifier ses crimes. Sobre la redacción de este encargo tenemos noticia gracias a la correspondencia mantenida con la marquesa de la que destaca, como no podría ser de otra forma, un patriotismo desmedido. En una carta dirigida a la marquesa afirma, incluso, que estos dos libritos le reportan mayor orgullo que Les legendes épiques!

Las obligaciones de Bédier con el Ministerio de la Guerra le mantuvieron alejado de la docencia hasta 1920, año en el que ingresa en la Académie française, sustituyendo a Edmond Rostand. Éste fue uno de los muchos honores y menciones que le fueron dedicados a lo largo de su vida, y no sólo en Francia. Él los recibía con sencillez: "una condecoración más. Me siento halagado" [FL, 14]. Con la llegada de la paz, sus admiradores esperaban con expectación que dedicara sus esfuerzos a algún tema nuevo. Sin embargo, no fue así. Renunció a tratar sobre lírica y dejó la problemática de la influencia de la literatura latina a su amigo y compañero Edmond Faral. Por el contrario, anunció nuevos cursos sobre la Chanson de Roland, centro de Les legendes, que provocaron una desilusión general. ¡Otra vez un trabajo sobre épica! Sin embargo, de esos cursos acabó por salir una nueva edición de la obra que publicó en 1922, continuando con la línea iniciada en la edición de Le Lai de l'Ombre y de acuerdo con su polémica teoría individualista.
La minute sacrée o el poeta, explotanto quizás alguna tradición frustrada, concibió la idea del conflicto entre Roland y Olivier. La Chanson de Roland podría no haber existido: EXISTE PORQUE EXISTIÓ UN HOMBRE. Es el regalo gratuito y magnífico que nos ha hecho este hombre, y no una legión de hombres. [Les legendes épiques, en EV, 25]
El hombre del que habla Bédier es, incontestablemente, el anónimo autor del manuscrito de Oxford al que el filólogo dio preeminencia por encima de todos los testimonios conservados de la leyenda rolandiana. En su edición, Bédier combina su carácter innovador a su marcado patriotismo: se opone a sus predecesores franceses al presentar una interpretación laica del texto; frente a los alemanes, matiza el racionalismo dado por éstos a la lengua del manuscrito de Oxford. Su edición es una auténtica apología de la escritura, de la escritura de un hombre, un poeta, dedicado concienzuda y amorosamente a su obra.
Entre ese mismo año y 1924 trabajó, junto a su antiguo compañero de la École Normale, Paul Hazard, en una nueva Histoire illustrée de la littérature française de la que únicamente se reservó para sí el capítulo dedicado a los cronistas y, curiosamente, el dedicado a Boileau, probablemente a causa de su desbordante trabajo o deseoso de dar una oportunidad a sus colegas de talento. Por ello cedió a Faral y a su protegido Louis Foulet las partes específicas que versan sobre la Edad Media. Hay un contraste evidente entre el Bédier de antes y el de después de la guerra. Después de 1918 la carrera del romanista se inclinó más a ejercer una función pública: se multiplican los reconocimientos de instituciones públicas, francesas y extranjeras. En 1929 es elegido director del Collège de France, tarea a la que se dedicó con su habitual sentido del deber a lo que hay que añadir el hecho de que su nombramiento coincidiera con un momento de total renovación de la institución. Él, que siempre reconoció su dificultad para las matemáticas, se convirtió en un fino contable. Fue bajo su dirección que se creó un puesto de profesor de "Poética" que ocupó Valéry, a pesar de las diferencias intelectuales que existían entre ambos. Se lanzó de lleno a la tarea de director porque estaba convencido de que el Collège de France era "el honor de Europa" [FL, 13] a pesar de que la realidad era otra muy distinta. 

Sin embargo, su dedicación administrativa al Collège y su papel de académico fueron en detrimento de su propia carrera investigadora. A partir de 1928, Bédier apenas escribe nada relevante. En 1936, con setenta y dos años, se retira y abandona con resignación, y con todos los honores, el centro al que había dedicado más de treinta años de su vida. Parecía que ahora tendría el tiempo y la salud suficiente para dedicarse a los proyectos abandonados, para reanudar las polémicas que había dejado, ocupado en otros quehaceres. Sólo un pequeño trastorno le obsesionaba: le habían prohibido fumar. Sin embargo, contra todo pronóstico, no llegó a tener el tiempo necesario para ello, puesto que murió de repente en Grand Serre el 29 de agosto de 1938 a causa de una congestión cerebral.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Extras de Tristan de Leonis en "Tristan e Isolda"


¿Qué es la novela bretona?

Es aquella que se relaciona con la corte del rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda.

Muchos estudiosos encuadran esta leyenda dentro de la materia de Bretaña o "ciclo artúrico", es decir, de las historias vinculadas a la figura del rey Arturo e incluso alguna versión sitúa a Tristán como uno de los caballeros de la Tabla Redonda. Todas estas historias se localizan (como la de Tristán e Iseo) en la región de Bretaña (al Noroeste de Francia, donde se sitúa Cornualles) y en las islas Británicas (pensad en la importancia de Irlanda y las travesías por mar en la historia).

Esta leyenda tiene relación con el ciclo artúrico y sus primeras versiones escritas se fijan en el siglo XII en Francia en boca de trovadores como Cecamon, Guerau de Cabrera o Bernat de Ventadorn. Aunque se cree que pudo haber fuentes más antiguas que hoy se han perdido y que el poema ya se conociera en la tradición oral. Con todo se trata de uno de los hitos de amor cortés más conocidos de la Edad Media. Su relación con la corte del rey Arturo se debe a que Tristán es considerado en algunos textos como uno de los caballeros de la mesa redonda. Además es uno de los que sale en busca del Grial. Esta novela se encuadra dentro de las llamadas novelas artúricas, y en ella aparece efectivamente el rey Arturo como garante y defensor de la honorabilidad de la reina Iseo, acusada por los nobles de su rey de adulterio. 

A diferencia de Lanzarot, a quien su amor por Ginebra le lleva a realizar proezas, el amor de Tristán le conduce a romper con las reglas de caballería y a huir de Cornualles. No obstante, ambos personajes comparten ciertos rasgos y fueron una fuerte influencia en obras posteriores como la figura de Amadís de Gauda.

La historia de estos dos amantes, como la Lancelot y Ginebra, tiene su base en las leyendas gaélicas primitivas irlandesas. Los argumentos se repiten en el relato de Devorgilla, Grainne y Deirdre. 

Las tres son jóvenes que se ven obligadas a casarse con un rey al que no aman y se acaban fugando con otro hombre. En estos relatos se repiten ciertos rasgos comunes, como el adulterio, el amor trágico y el final. Éste suele acabar con la muerte de los amantes o con su reclusión en algún convento.

 El Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda. 

Las historias medievales de Arturo y sus Caballeros están llenas de temas Cristianos, los cuales tratan acerca de la destrucción de los virtuosos planes humanos debido a las fallas morales de los personajes, y la búsqueda de una importante reliquia cristiana. Finalmente, las relaciones de amor cortés entre los personajes, como Lancelot y Ginebra, o Tristán e Isolda. En los años recientes, hubo una tendencia de unir las historias del Rey Arturo y sus caballeros con la mitología celta, en versiones reconstruidas a principios del siglo XX, plenamente románticas.

Además, es posible considerar a la literatura artúrica en general, en especial aquellas historias acerca del Grial; como una alegoría del desarrollo humano y el crecimiento espiritual.

Sir Tristán es uno de los más conocidos caballeros de Arturo. Pero lo cierto es que su fama se debe más a su trágica historia de amor con la bella Isolda que a sus gestas caballerescas. La leyenda nos cuenta que era hijo del rey Melodías, vasallo de Arturo, y de la hermana del rey Mark de Cornualles. Su madre falleció durante el parto y por ese hecho recibió el nombre de “Tristán”, cuyo significado sería “doloroso nacimiento”.

De regreso a Cornualles se puso al servicio del rey Arturo y no tardo en convertirse en uno de los más notables miembros de la Hermandad de los Caballeros de la Tabla Redonda.

La existencia dejo de tener sentido para Sir Tristán, su corazón se rasgaba cada vez que veía a su amada en manos de su tío, y al final solicitó permiso para ausentarse de la corte. Estuvo prestando sus servicios en Francia, pero sin poder apartar ni un solo instante de su mente la imagen de la más dulce y hermosa mujer que jamás sus ojos vieron. Pasó varios años errando por tierras francesas hasta que sus servicios fueron reclamados por el rey Arturo, ya que lo tenía en gran estima y estaba considerado el mejor caballero después de Sir Lancelot.

Después de esto poco se sabe de la vida de caballero tan grande. 

Participó en la búsqueda del Santo Grial, pero sin fortuna, ya que ese hallazgo estaba destinado al caballero más puro de la cristiandad, y como notablemente Tristan no lo era.

Ademas de que comparte características de las novelas de caballería y pastoriles:

1)  La acción se localiza en diversos países.

“…—Amigo mío—dijo el maestro montero—, tus costumbres son muy buenas. ¿En qué tierras las aprendiste? Dinos tu nombre y tu país. —Señor, me llaman Tristán, y aprendí estas costumbres en mi país, Leonís.” (Béhier, 2011)

“Diré en pocas palabras cómo Tristán, después de recibir de su tío las armas de caballero, cruzó el mar en las naves de Cornualles, se dio a conocer entre los antiguos vasallos de su padre, desafió al asesino de Rivalén, lo mató y recuperó sus tierras.” (Béhier, 2011)

2)  Presenta personajes fantásticos

“…y su torre del homenaje, que antaño edificaron unos gigantes, estaba hecha con bloques de piedra grandes y bien tallados, dispuestos como un tablero de ajedrez en verde y azul.” (Béhier, 2011)

3)  Exalta los valores caballerescos

“Transcurridos siete años, cuando llegó el momento de separarlo de las mujeres, Rohalt confió a Tristán a un sabio maestro, el buen escudero Gorvenal. Éste le enseñó en pocos años las artes que deben saber los caballeros. Le instruyó en el manejo de la espada, el escudo y el arco, le enseñó a lanzar discos de piedra, a cruzar de un salto los más anchos fosos, a odiar cualquier mentira y toda traición, a socorrer a los débiles, a mantener la fe dada. Le educó en los diversos modos de canto, en el arte de tocar el arpa y en el de la montería, y cuando el muchacho cabalgaba entre los jóvenes parecía que su caballo y él no formaran más que un solo cuerpo, y no hubieran estado nunca separados. Al verlo tan noble y orgulloso, tan ancho de espaldas y fino de talle, fuerte, fiel y valeroso, todos felicitaban a Rohalt por tener aquel hijo.” (Béhier, 2011)

4)  Mezcla de la fe cristiana y creencias paganas.

“…Pero es verdad y lo saben todos los marineros: el mar lleva a disgusto las naves desleales y no es de ayuda en raptos y traiciones. Así, el mar se revolvió furioso, cubrió de tinieblas la nave y la llevó a la aventura durante ocho días y ocho noches. Por fin, los marineros divisaron a través de la niebla una costa erizada de acantilados y arrecifes en los que el mar parecía querer romper el navío. Los malhechores se arrepintieron, y conociendo que la ira del mar se debía al infausto rapto de aquel muchacho, juraron liberarlo y prepararon un bote para dejarlo en la orilla. En el acto, los vientos y las olas amainaron y, mientras la nave de los raptores desaparecía en la lejanía, las ondas tranquilas y alegres llevaron la barca de Tristán hasta la arena de una playa.” (Béhier, 2011)

“—Hijo mío—dijo por fin—, Dios bendiga al maestro que te enseñó y te bendiga también a ti. Dios ama a los buenos cantores. Su voz y la voz del arpa penetran en el corazón de los hombres, evocan sus recuerdos más queridos y les hacen olvidar penas y maldades. Has venido a esta casa para nuestra alegría. ¡Quédate mucho tiempo a mi lado, amigo mío!” (Béhier, 2011)

5)  Presenta el amor del caballero por su dama.

“- Sabes que te quiero Tristán, vayas donde vayas, veas lo que veas, siempre estaré contigo. 

- Tenías razón, no se si la vida es más grande que la muerte, pero el amor fue mejor que ambas. (Reynolds, 2006)
“- ¿No creéis que hay más cosas en la vida? 

- ¿Más cosas? 
- Algo más que el deber y la muerte. ¿Por qué tenemos sentimientos y no podemos desarrollarlos? ¿Por qué desear cosas si no pueden ser nuestras?” (Reynolds, 2006)


“- ¿A cuántas has amado antes que a mí? 

- A ninguna. 
- ¿Y después? 
- A ninguna.” (Reynolds, 2006)



“En tus ojos mi rostro, en los míos el tuyo. En los rostros descansan los corazones fieles. ¿Dónde podríamos encontrar dos mejores hemisferios sin un norte definido, sin un occidente declinante? Aquello que muere no estaba mezclado con igualdad. Si nuestros corazones son uno, o nuestro amor semejante, ninguno desfallecerá, ninguno morirá.” (Reynolds, 2006)

Aqui les dejo algunos videos!






Personajes Tristan de Leonis en "Tristan e Isolda"


Rey Marcos: poderoso rey del reino de Cornulla, gentil y noble. Es el tío de Tristán.

Rivalín: señor de Leonis, él ayudó a Marcos para así, poder conseguir la mano de Blancaflor la hermana de este. Logra casarse con ella. Rivalín muere en una dura guerra.

Duque Morgan: viejo enemigo de Rivalín. Morgan es el asesino de Rivalín (el padre de Tristán), por lo que Tristán decide vengar la muerte de su padre matando al duque.

Roal: es el mariscal de Rivalín, lo llamaba Feguardante por su fidelidad.

Tristán: hijo de Rivalín y Blancaflor. Al morir su madre fue entregado a una viuda para que lo amamante. Luego de que el pequeño cumpliera tres años Roal lo entrega a Governal, quien seria su amigo y maestro. A los 15 años Tristán decide ir a Cornulla, en busca de su tío, el Rey Marcos.

Governal: maestro y amigo de Tristán, lo acompaña en todas sus aventuras, le brinda su fidelidad y amistad.

Dinas de Lidán: un caballero joven, sumamente fiel y prudente, es también amigo de Tristán.

Gormon: rey de Irlanda, estaba casado con la hermana de Morholt. Gormon era temerario y fuerte.

Morholt: mas que un hombre parecía un gigante. Era temido por todos los caballeros. Tristán lo desafía a duelo, ganándolo.

La reina Iseo: era la hermana de Morholt, esposa de Gormon.

Iseo la Brunda: era la hija de Morholt. Era una muchacha muy bella. Desde la muerte de su padre le juro venganza al joven Tristán.

Tantris: el falso nombre que utilizo Tristán, en Irlanda, para que no lo reconocieran como el asesino del gigante.

Senescal Aguynguerren: el rojo, sumamente cobarde, esta enamorado de Iseo.

Brangel: la fiel doncella y amiga de Iseo la rubia.

Los siervos: La reina Iseo la rubia, les pidió que maten a Brangel, ellos no se atrevieron.

Andret: uno de los felones, era parte de la corte del Rey Marcos. Fue uno de los que influencia al rey contra Tristán e Iseo, y causo muchos males contra los amantes.

Enano Frocin: astrónomo, descubre el engaño, los encuentro secretos entre Tristán e Iseo.

Ganelón: uno de los felones, formaba parte de la corte del Rey Marcos.

Godoine: uno de los felones, formaba parte de la corte del Rey Marcos

Denoalen: uno de los felones, formaba parte de la corte del Rey Marcos

Iván: leproso que le propone al Rey Marcos, entregar a Iseo a él y a su comunidad como castigo por su traición.

Frai Ogrín: ermitaño que les propone a Tristán e Iseo como solución el arrepentimiento.
Husdén: el fiel perro que poseía Tristán, se lo entrega a Iseo como muestra de su eterno amor.

Florestero Onrri: amigo de Tristán le brinda cobijo en su casa, escondiéndolo del rey y de sus felones.

Perinis: pertenecía ala corte del rey le comunicaba los mensajes de la reina en secreto a Tristán.

Rey Arturo: noble caballero que le brinda defensa a la reina Iseo.

Galván: conformaba parte de la corte del rey Arturo.

Girfut: conformaba parte de la corte del rey Arturo.

Ivan, hijo de Urien: conformaba parte de la corte del rey Arturo.

Florestero: descubre el escondite de Tristán e Iseo llevando hasta este al Rey Marcos.

Petit-Cru: mítico animal, otorgado por un hada al Duque Gilán, con su cascabel mágico borraba las tristezas y llenaba de felicidad a quien este en su presencia.

El Gran Orgullo: temerario que coleccionaba la barba de sus derrotados. Fue muerto por Arturo.

Ermitaño: le brinda cobijo a Governal y Tristán en Bretaña.

Duque Hoel: duque de Bretaña padre de Iseo de Blanca Manos y Kaherdín.

Riol: vasallo que pretendía a la hija del duque Hoel.

Kaherdín: hijo del duque Hoel, hermano de Iseo de Blancas Manos.

Picolet: loco, se hace pasar Tristán por el.

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Contexto Histórico Tristan de Leonis en "Tristan e Isolda"


Para conocer el contexto de la leyenda de Tristán es necesario remontarnos a los siglos XI y XII, Segunda Edad Feudal, período en que ya se había consumado el cisma definitivo entre la cristiandad de Occidente y Oriente con la asunción deI Papa de Roma y parte de Inglaterra había sido conquistada por los normandos, lo que generó una nueva distribución de las tierras. Este fue también el período de las Cruzadas, expediciones militares y religiosas cuya finalidad era liberar el sepulcro de Cristo, promovidas por el cristianismo fortalecido entre 1095 Y 1291. La exhortación de socorrer al Oriente cristiano contra el invasor turco fue respondida por millares de hombres; en aquella sociedad, la peregrinación a la tumba de Cristo tenía valor de redención. Estos ejércitos tomaron la cruz como emblema: de ahí los nombres de cruzados y cruzada. El Occidente europeo fue el agitado escenario de movimientos sociales y espirituales muy amplios, cuyas repercusiones modelaron la cultura hasta finales del siglo XV.


Este período histórico, delimitado por la notable progresión económica y la apertura hacia nuevos horizontes, iniciado a mediados del siglo XI, constituyó el paso de la Temprana Edad Media (siglos VI a XI) -que miraba hacia las reliquias de un pasado más glorioso, a la Alta Edad Media (siglos XII y XIII), mundo juvenil de agilidad renovadora e idealizante.Las versiones escritas en verso de Thomas y Béroul de la historia de Tristán e Iseo la Brunda (Isolda) -que se supone pudo haber ocurrido en el s. VI- datan de la Francia entre 1160 y la tercera cruzada de 1190, período relativamente tranquilo que favoreció la elaboración del ideal del caballero en busca de la aventura. 





Los recién ennoblecidos pretendían asimilarse a los miembros de la vieja aristocracia y transformarse en una clase cerrada con privilegios hereditarios. La Sociedad caballeresca intentaba suavizar la rudeza de sus costumbres con el refinamiento de la corte. Por eso, reclamaba, de la literatura la estilización y la idealización en un código ético de sus ocupaciones predilectas: la guerra y el amor. Por su lado, las damas de las cortes feudales estaban interesadas en estimular una literatura en la que ellas estuviesen enaltecidas y se exaltara su figura.






Para los caballeros esta etapa de paz significó una pérdida de funciones y de posesiones, y por lo tanto, un empobrecimiento progresivo que parecía estimular en ellos un destino errante.

La sociedad medieval estuvo dividida en tres grandes franjas:

1) Los oratores (del latín orator-oratoris: orador/embajador) como se desprende de la etimología, estos eran los que tenían la palabra autorizada, los nobles y clérigos, hombres de la Iglesia y de las letras. El clericus en aquella época era un nombre que se usaba para designar tanto al sacerdote/monje como al que había cursado estudios en alguna escuela eclesiástica y destacaba en el terreno intelectual; era gente procedente de la nobleza, como lo demuestran los ricos monasterios que se parecían mucho a castillos señoriales.

2) Los bellatores (del latín bellator-bellatoris: guerrero) eran los caballeros, cuyo papel era el dedefender las tierras del señor. La clase de los caballeros fue en su origen una clase profesional. Los guerreros eran recompensados con un feudo y con el grado de caballero por sus méritos por un señor feudal. A partir de cierto momento, esta capa social puso un verdadero empeño en limitarse y convertirse en una clase cerrada y aristocrática, celosa de sus privilegios y a la que solo podía accederse por herencia.

3)Los laboratores (del latín Laborator-Laboratoris: trabajador) eran aquellos sobre los que recaía el sustentode la Sociedad, los agricultores, campesinos y comerciantes, es decir los ciudadanos. Estos artesanos y mercaderes estaban al margen de la lirica y la novela cortesana aunque eran el público de la épica, transmitida por los juglares.Los caballeros necesitan de la literatura: Los caballeros, estos profesionales de las armas que fueron ascendiendo por la obtención de feudos a los rangos menores de la aristocracia, convirtiéndose en nuevos nobles, buscan en la literatura la expansión de unos ideales y la confirmación de valores propios que los distinguieran de la clase de los eclesiásticos y de los villanos.

Surgieron entonces nuevas pautas de civilización: la cortesía, los tipos ideales de la dama y el caballero, el amor fino, el concepto de amor-pasión, que son inventos de estos tiempos. La renovación cultural fue la consecuencia de un refinamiento de las costumbres, cierta emancipación de la mujer en las capas nobles, las crisis espirituales y una moral relajada, en un ambiente de formación de nuevas cortes señoriales en las que se buscaba consolidar la clase de los caballeros.

La narrativa ficcional, que nació como la creación de un ideal común, garantizaba la expresión de una ideología autónoma, en un principio a histórica. 
Hablaba de un mundo de costumbres corteses que conferían esplendor, honor y derechos al conjunto del estamento. De este modo, la nobleza feudal se aseguraba la alianza y lealtad de la baja nobleza. Por esta razón, el nacimiento de la novela cortés corresponde aproximadamente a los mismos años en los que se produce el proceso de transformación de la caballería en un orden cerrado, en una clase especial, en el reagrupamiento de la caballería en una institución basada en la nobleza de sangre y consagrada a través del ritual de la investidura caballeresca. Para la caballería, hacer la guerra no significaba sólo el cumplimiento de un deber para con el señor feudal, sino ante todo era una razón de vida". Por ello, a medida que el estado de guerra permanente fue llegando a su fin, a medida que se iban consolidando los principados territoriales, fue dándose el imperativo lógico de hacer de la profesión guerrera una virtud que legitimase una función social.

El modo de vida caballeresco como el del individuo gentil errante en busca de combate, constituía el ser mismo del caballero, la imagen ideal del hombre. Pero para enaltecer esta imagen el combate fue perdiendo el carácter de fin en sí mismo y articulándose con una causa amorosa que idealizaba la acción. Esa búsqueda de combate, de pruebas que eran llevadas al rey para enamorar a la princesa devino, más que en una necesidad del guerrero, en una virtud del caballero. Lo novedoso fue que sus actitudes estuvieran impregnadas de nobleza y mesura. Hay que situar la novela cortés bajo el signo de la caballería. 

Para que la visión de mundo de la baja nobleza pudiera convertirse en la base de un ideal de vida y de una literatura que lo interpretara y desarrollara, fue necesario que esa visión del mundo se moralizase y generalizase. El objetivo era que fuese aceptada y codiciada por las capas superiores de la nobleza.

La novela caballeresca: El mundo de la novela cortés presenta casi exclusivamente un paisaje encantado. Tiene como escenario la corte de Arturo, rey legendario de los británicos, que reinó entre fines del siglo V y principios del siglo VI d.C., y animó la resistencia de los celtas ante la conquista anglosajona.En la novela caballaresca se relata un mundo armónico, amenazado constantemente por poderes malignos cuya fuerza mágica reduce al conjunto de la corte a una impotencia total, aunque sólo temporal. El caballero va al combate para defender el orden de la corte. Sus actos que tienen un sentido de liberación político-social, también significan la purificación.
El centro más notable de la literatura cortés fue Inglaterra y Francia: Aquitania y Normandía. Los normandos regían las dos Bretañas, tras la conquista de Inglaterra. La corte de Enrique II Plantagenet (1154-1189) tuvo en su seno a escritores importantes -entre los que estaba Thomas- que narraban leyendas bretonas de un rico mundo celta.


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